viernes, 25 de diciembre de 2015

Notas sobre un incidente absurdo




Notas sobre un incidente absurdo
Por Eliecer Avila
  

Durante la última semana me llegó por tres vías diferentes la invitación a participar en la Asamblea del G20. El G20 es un grupo independiente de prestigiosos cineastas cubanos que han tomado la iniciativa de impulsar una Ley de Cine que les dé garantías para desarrollar su trabajo como creadores, en un marco de derecho para el ejercicio libre de la responsabilidad individual.

Como joven cubano, cinéfilo, intruso independiente en la creación audiovisual y con intereses políticos, me pareció sumamente interesante poder escuchar a los artistas cubanos en su legítima defensa contra la censura y los obstáculos que desde el sistema y las instituciones afectan sus obras.

La tarde parecía ser muy disfrutable, así que animé a mi esposa y a dos de mis grandes amigos a pasarnos por el lugar del encuentro y luego tomarnos unos helados en la recién inaugurada cafetería de 23 y 2.

Antes de salir de casa mi esposa me preguntó si debíamos llevar la cámara o algo para anotar. Le dije que no, que éste era un espacio para ir a aprender y escuchar a gente de mucha experiencia que por años han sido magos para hacer realidad sus proyectos y que por fin hoy se han juntado para construir un legado mucho más respirable para las nuevas generaciones de creadores.

Consecuente con esa idea de no hacerme notar ni distraer a nadie, nos sentamos en una esquina del local, fuera del foco principal de la actividad. Al ser de los primeros en llegar, fue inevitable que saludara a algunos de los cineastas que ya conocía y también me hizo un gesto amable un señor alto y grueso con una camisa de cuadros azules chillones que luego alguien me dijo asombrado, “ese es Roberto Smith, el director del ICAIC”.

Empieza la asamblea precisamente con las palabras del mencionado Director, de las que se me quedó pegada una frase: “el derecho de las instituciones a decir SI o a decir NO”, sobre lo que debe exhibir públicamente. Luego se leen tres sendos textos. Uno es la carta de Enrique Colina inspirada en la expulsión de Cremata y la censura a su obra. Otra de alguien al que cariñosamente le llaman “Juani” en el gremio, camagüeyano que no pudo llegar para estar presente en la actividad y el tercero de un joven crítico de arte muy elocuente que aparece en el programa Secuencias de la Televisión cubana.

Los tres textos, aunque extensos, reflejaron de una forma magistral tres visiones distintas pero coincidentes en esencia sobre la problemática de la producción artística y cinematográfica, tanto en sus aspectos históricos como actuales, pero más allá de eso aportaron luz sobre las causas eminentemente políticas del conflicto entre creadores e instituciones.

Con altura y elegancia profesional e intelectual, allí escuché criterios mejor formulados y de mayor peso político que en la mayoría de las reuniones de la oposición en las que yo haya participado. Fue tan aplastante el despliegue de argumentos, datos, y análisis que el señor Director ya no podía dejar de hacer unos gestos de nervio con la boca y la carase le ponía cada vez más colorada. Pero a él y a los dos o tres funcionarios que lo acompañaban lo que más le molestaba no era la paliza moral y ética que allí le estaban propinando, ni la claridad inédita con que se cuestionó con nombres y apellidos al gobierno cubano y sus sensores. Lo que no pudieron soportar los “cuadros” es que yo estuviera escuchando. Pues la evidencia dejaba claro que somos muchos más, somos casi todos los que pensamos distinto al poder.

Cuando ya la cosa parecía que no podía empeorar le pasaron la palabra al que quisiera hablar. Y de nuevo, otros cineastas y especialistas de la industria se sumaron al aguacero de cuestionamientos expresando además la frustración de tres años de gestiones “por los canales establecidos” sin resultado a la vista ni interlocutor que se haga responsable del tema. En éste punto, se pasó al escalón siguiente como paso lógico en cualquier lucha cívica. Aparecieron las propuestas de emprender acciones de distintos tipos para presionar y curarle la sordera voluntaria a Raúl Castro, Miguel Díaz Canel, Abel Prieto y un tal Alfonsito de un tal departamento Ideológico que lo he oído nombrar durante toda mi vida y jamás para bien…

Dentro de las propuestas de acciones, estaba la de redactar una declaración como grupo, filmar unos videos denunciando la situación e incluso la de hacer una protesta pública. Ya no solo para exigir lo de la Ley de Cine sino de paso para apoyar a Cremata y a otros creadores vergonzosamente vilipendiados en los últimos meses.
 Llegado este punto, yo seguía sentado en mi esquinita escuchando con atención y maravillado de cómo un grupo de personas preparadas y de buena voluntad podían organizarse en defensa de sus derechos sin influencias de nadie, movidos únicamente por su sentido elemental de justicia y su verdad.

Casi terminada la reunión, cuando ya se iba a proceder a la votación final para decidir cuál de las acciones se realizaría en primera instancia. Nadie se había percatado de que hacía unos minutos el Director había abandonado la sala nada más y nada menos que para llamar a la Seguridad del Estado y decidir de conjunto cómo dinamitar la reunión que hasta ese momento había sido impecable e histórica. Para desgracia mía, lo único que se les ocurre es ir a mi esquinita a intentar sacarme del lugar, bajo la novedosa acusación de ser un “contrarrevolucionario”.

Esto me lo comunica el propio director, que al menos por respeto, debería estar escuchando a los cineastas y poniendo atención a sus propuestas. Pues para eso lo invitaron allí. Sí, porque él realmente era un invitado más a la asamblea, sin derecho alguno a expulsar a nadie ni hablar a nombre de todos los presentes. Al provocarse la algarabía para expulsarme varios de los artistas se acercaron a manifestar su desacuerdo con el oportunista pues se suponía que el evento era abierto y así se hiso saber por distintas vías, sin contar que mi actitud como espectador era impecable. Además, ya se había tomado el acuerdo de publicar lo allí transcurrido en un blog de uno de los cineastas, así que resultaba en extremo incoherente negarme la posibilidad de escuchar lo que en definitiva se iba a hacer público.

De hecho en la asamblea estaban presentes varias personas que no eran cineastas ni pertenecían al grupo fundacional. Uno de ellos acababa de hablar y su intervención significó un excelente aporte al encuentro.

Viendo que no tenían quórum que los apoyara sino todo lo contrario, los “cuadros” y dos segurosos que enseguida se me pegaron, tuvieron que conformarse con  pararse como estacas delante de mí mientras los cineastas contra viento y marea burlaban el sabotaje y hacían su votación.

En unos pocos segundos, como si estuviera viendo una película fruto de la imaginación de cualquiera de los presentes, tenía ante mis ojos los personajes exactos que durante toda la tarde habían sido descritos en cada intervención… Estos personajes no escucharon nada de lo allí expuesto, y en total sintonía con su espíritu natural arrogante e intolerante no solo irrespetaron la asamblea sino que para completar el absurdo, intentaron hacer cómplices a los presentes de un acto de represión que constituye el motivo exacto de la propia existencia del G20.

Terminado todo, una funcionaria que acompañaba al director me dice que si puede hablar conmigo aparte, le digo que encantado y me plantea que: “tu presencia aquí frustra el diálogo entre los cineastas y la institución” yo la miro de verdad con lástima, pues no concibo que en la cabeza de alguien sano quepa la idea después de tantos años de luchas infructuosas,de que mi presencia hoy es la causante de la falta de honor, responsabilidad y vergüenza que han manifestado los dirigentes aludidos. Creo que si bien el Director encarnó perfectamente el papel de censor, esta buena señora protagonizó el de la autocensurada. En ambos casos estuvieron de premio…

Gratificante después del mal rato fue el saludo de varios de los cineastas, actores, escritores y críticos presentes. A los cuales felicité de todo corazón por haber ganado este espacio. Ellos me decían que no estaban satisfechos, y los entiendo. Pero creo con toda sinceridad que están varios pasos delante de muchos otros gremios. Los maestros, ingenieros, abogados, médicos, periodistas y muchos otros sectores profesionales que sufren el mismo problema y otros adicionales ni siquiera han dado el primer paso para unirse y protegerse unos a otros.

Yo creo que este grupo de cineastas ya está escribiendo una página importante de su legado en defensa de la dignidad de todos los cubanos. Ojalá sirvan de inspiración y ejemplo para muchos.

Espero que me sigan invitando a sus asambleas pues yo me porto muy bien. Al que no deben invitar más es a Robertico que se pone nervioso y nos jode la actividad…

Un abrazo
Ing. Eliécer Ávila

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